Algunos me llaman esmeralda, pero es demasiado pomposo y formal para mi gusto, yo prefiero si no te importa que me llames verde. Al fin y al cabo ya somos viejos conocidos. Me ves por todas partes aunque nunca consigas tocarme, porque estar lo que se dice estar no estoy y aún así estoy presente en todo lo que te rodea. Soy una especie de fantasma, ya ves. Algunos sabios me llaman espectro o parte de un espectro. Pues no se, yo no me veo como un tipo peligroso, aunque a decir verdad el otro día esa mujer me hizo dudar si tendré una vena perversa o algo por el estilo.
Fue aquel día huracanado en que los árboles más que doblarse se partían por la fuerza del viento. Sus hojas desprendidas salían volando a merced de aquella fuerza eólica imparable. Y a aquella mujer no se le ocurre otra cosa que abrir el balcón y dejar entrar aquella marabunta de hojas, y yo con ellas claro. En un instante su cuerpo quedó cubierto por aquella invasión vegetal de la que formaba parte. Tardó unos segundos en reaccionar pero fue empezar y no parar de gritar de terror, de desencajar su expresión y de sacudirse como loca tratando de quitársenos de encima. Y yo allí, perplejo ante lo que sucedía, con los ojos de par en par igual que ella, aunque si lo suyo era pánico lo mio era estupor.
Del modo más errático posible logró librarse de nosotros, que acabamos esparcidos por el suelo a su alrededor hasta que ella se apartó y salió corriendo de la habitación como si huyera del mismo diablo, cerrando la puerta de un portazo y dando dos vueltas a la llave como si temiera que fuéramos a ir a por ella otra vez, precaución inútil porque desde luego con ese recibimiento a mi se me pasaron las ganas de hacerlo y juraría que a aquellas hojas también. Desde donde estaba oí que descolgaba el teléfono y hablaba con alguien, lo intentaba más bien porque más que persona parecía un vinilo rayado de lo mucho que se atascaba al tratar de hablar. Y bueno, se conoce que al otro lado había un psiquiatra o algo parecido que con mucha paciencia y profesionalidad logró calmarla. Entonces fue cuando descubrí el motivo de su pánico que no era otra cosa que la fobia a mi persona. Ya ves, que se ve que doy miedo a la gente. Clorofóbia lo llama el tipo del teléfono.
Y qué quieres que te diga, a mi me molestó todo aquello y a punto estuve de tener unas palabras con aquella mujer, pero al final pensé que aun empeoraría las cosas y de la locura podría acabar saltando por el balcón huyendo de mi. Luego ya más tranquilo, reflexioné sobre todo aquello y pensé que en el fondo estaba tan loca ella como los demás a los que inspiro esperanza y zarandajas por el estilo. O aquellos que me ponen en sus vestidos y luego me dicen que les doy un tono alegre, o sobrio, o informal. O lo de que «no combino», ¡cómo detesto cuando me dicen eso! ¿Qué sabrán ellos de qué humor estoy yo aquel día y con quien no me llevo bien? Cualquier día me canso de tanta tontería y me voy con el espectro a otra parte.
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